Salir de la época contemporánea. Reflexiones sobre el movimiento liceísta en curso
Salir de la época contemporánea. Reflexiones sobre el movimiento liceísta en curso
Desde el 18 de septiembre, y más aún a partir del lunes 21, ha florecido una serie de bloqueos en los liceos de las periferias de Île-de-France[1]. El movimiento nació en torno a reivindicaciones sobre la falta de medios en esos liceos y después se generalizó al resto del país. Alcanza ya una amplitud inédita que no hará sino intensificarse en los días siguientes, con ocasión de la habitual jornada de movilización de inicio de curso de la función pública, el 29 de septiembre. Paralelamente, los modos de acción de les liceístas se orientan cada vez más hacia el motín: queman contenedores de basura y disparan fuegos artificiales contra los polis, cuando no queman directamente su liceo[2].
Desde los primeros días, la represión policial fue particularmente brutal. Hubo liceístas que perdieron un ojo, que sufrieron fractura de mandíbula o a quienes les arrancaron una mano, por no evocar más que los casos más espectaculares de una violencia de Estado desatada. Pero esta represión pasa también por una vertiente judicial excepcional: hasta la fecha, en apenas unas semanas, hay más de 2 300 procesos penales. Estas cifras recuerdan el balance represivo de los motines tras la muerte de Nahel en 2023, con más de 2 100 procesos (la mayoría de los cuales desembocó en una condena), y el de los Chalecos Amarillos, con cerca de 5 300 presentaciones ante la fiscalía repartidas a lo largo de seis meses de movilización.
Sin embargo, la movilización de les liceístas no puede reducirse a la constatación de la represión. Lo esencial de la izquierda, incluso la “extrema”, la “radical” o la “aguerrida”, no parece saber poner el énfasis más que en esos aspectos. Por eso nos parece necesario volver sobre algunos otros elementos. Nunca es fácil analizar un movimiento todavía en curso. Pero es posible desprender algunas claves de lectura apoyándonos en los últimos episodios de la lucha de clases en el contexto francés.
«No toques a mi niño»
No se trata aquí, por supuesto, de minimizar la abyección de la respuesta policial y judicial. Pero hay que interrogarse sobre la omnipresencia de la grilla de lectura victimista que se le aplica a un movimiento que se sale tanto de lo ordinario. Les liceístas actúan políticamente y el Estado les reprime en consecuencia. Ya sería hora de que las generaciones militantes agotadas dejaran de creerse investidas de un deber de tutela hacia elles. La circulación de prácticas entre generaciones (el saber antirrepresivo, las maneras de burlar el dispositivo policial y de hacerle frente) es valiosa y forma parte de lo que le da vivacidad al movimiento. Pero suponer que los adultos tendrían más que enseñarles a estes jóvenes rebeldes que a la inversa sería un grave error. Conduciría de hecho a una actitud paternalista y estéril. Guárdense sus sermones, predicadores y beatos: les liceístas no necesitan su verbo para producir una crítica radical de este mundo.
Esta visión paternalista culminó el martes 6 de octubre. Ese día, en nombre de la convergencia, la izquierda emprendió la tarea de canalizar el movimiento en una manifestación sindical, para gran deleite del gobierno[3]. A llamado de Jean-Luc Mélenchon, un conjunto de electes, militantes y sindicalistas (en suma, adultos responsables) con casco blanco intentaron interponerse entre una línea de CRS y les liceístas. Su objetivo era «encuadrar la manifestación de los jóvenes, para protegerlos de las mutilaciones oculares y de los gases[4]». Para su gran sorpresa, estes últimes no se lo agradecieron particularmente: desbordaron el dispositivo y fueron al choque con los polis. Frente al discurso victimista, la respuesta solo podía darse en actos.
En la misma vena, cabe cuestionar la comparación recurrente del movimiento con los Chalecos Amarillos. Asimilar a les liceístas con las ocupaciones de rotondas les permite a los izquierdistas desfasados legitimar y alisar el movimiento, y darle una consistencia “política”. Es lo mismo que ya habían intentado insuflarles a los Chalecos Amarillos a fuerza de asambleas generales. Se trata de presentar lo que ocurre únicamente como un movimiento social que reclama medios para los servicios públicos. Esta comparación resulta tanto más cuestionable cuanto que quizá se observan más similitudes inconfesables con los motines tras la muerte de Nahel[5]. Ya lo habíamos señalado en su momento, y no podemos sino constatar una negativa a pensar políticamente los motines del verano de 2023, igual que los de hoy, y a reconocerlos como luchas de clase.
El movimiento de les liceístas parte ante todo de la rabia de les jóvenes de las periferias. Hablar solo de niños inocentes a los que hay que proteger constituye una forma de silenciamiento y de pacificación del movimiento. Además, permite relegar a segundo plano las cuestiones de clase y de raza que fracturan el movimiento. El formidable impulso de les liceístas ha vuelto caduca cualquier constatación de apatía. Que los izquierdistas cierren el hocico y se vuelvan cómplices[6] de ese impulso, en lugar de aplastar toda iniciativa con sus consejos sombríos de expertos en movilizaciones fallidas.
Interclasismo y reivindicaciones
Han surgido varias críticas menos caricaturescas sobre la centralidad que han adquirido los liceos burgueses parisinos, al menos en los medios. Ciertamente, el movimiento de les liceístas es interclasista por definición. Pero una vez dicho esto, no se avanza mucho, pues la composición de clase de las luchas contemporáneas nunca ha brillado por su pureza. La cuestión que debe importarnos es más bien qué fracción del movimiento se impondrá. Las escuelas y liceos burgueses parisinos ocupan el primer plano, y a sus portavoces se les considera representantes del conjunto del movimiento. Aun así, es demasiado pronto para dar por sentada su hegemonía. Y en todo caso, es imposible juzgar la correlación de fuerzas interna de un movimiento a partir de su presencia mediática.
En cuanto a las reivindicaciones, el movimiento comenzó con un conjunto de consignas relativas a las condiciones de aprendizaje del alumnado. La falta de personal, la consiguiente sobrecarga de los grupos o el deterioro de los edificios suenan como una ruptura de la promesa de la escuela republicana[7]. Con la generalización del movimiento y la represión, surgieron otras reivindicaciones[8]. Tienen tintes más marcados por la falta de perspectivas de una juventud a la que solo se le promete desempleo, guerra[9] y un octubre a 25 °C. Es demasiado pronto para hablar de la desaparición de las reivindicaciones en nombre de una escuela más igualitaria, pero sí se observa el retroceso de semejante discurso republicano. Y con razón: ese discurso no resiste el funcionamiento real de una institución encargada de clasificar a los hijos de proletarios y separarlos de los hijos de burgueses[10]. Desde los años ochenta, la única evolución importante ha sido el acceso de les hijes de obreres a la secundaria, cuando antes les mandaban de inmediato a la fábrica. Si la escuela parece estar en crisis, es porque el barniz meritocrático que suavizaba su funcionamiento normal ya no convence a nadie[11].
Más allá del papel global del sistema educativo en la reproducción del modo de producción capitalista, la secuencia actual tiene dos orígenes. Uno es una serie de medidas políticas (ParcoursSup, etc.). El otro es una tendencia de largo plazo: desde los años noventa, el Estado reduce de manera crónica el presupuesto de la secundaria[12]. Lo que hoy se denuncia con fuerza no es, pues, cosa de ayer. Es la expresión de cómo se gestiona la reproducción social en la escuela del capitalismo reestructurado. La escuela ya no debe producir individuos calificados para tareas precisas en la industria, sino individuos disponibles de manera flexible según la demanda de otros sectores. Una reforma de la escuela que alcance la igualdad republicana prometida es, por supuesto, imposible, porque ese nunca ha sido su papel. Pero incluso simples ajustes en ese sentido no pueden ser más que un deseo piadoso, diga lo que diga la izquierda. Desde hace décadas, las luchas están estructuradas por la imposibilidad de reivindicar[13]. Frente a esa imposibilidad, las reivindicaciones se ahogan en una rabia confusa y en un rechazo de la propia condición. De los incendios de escuelas de 2023 a los de los liceos en 2026, lo que se niega en actos es, en parte, la condición de alumno.
Como decíamos más arriba, no se puede pasar por alto la heterogeneidad del movimiento, atravesado por numerosas contradicciones e intereses de clase. Coexisten varias realidades. Por un lado está la demanda (positiva) de más medios para la educación nacional, que fue la chispa originaria. Por otro, hay una postura mucho más negativa en muches jóvenes, conscientes de haber salido ya perdiendo en todo (liceos profesionales, jóvenes desescolarizades, etc.).
¿Convergencia de las luchas?
Los llamados a la convergencia suelen servir de parche frente a la ausencia de perspectiva política. Hoy aparecen con bastante claridad como una forma de dispositivo contrainsurreccional. Se trata de pacificar el movimiento integrándolo en formas tradicionales de lucha: un bloqueo pacífico por la mañana que da lugar a una manifestación organizada por la tarde. Además, la convergencia es imposible: ¿qué tienen en común un estudiante de maestría de la EHESS y un alumno de liceo profesional? Lo que se hace es diluir las acciones de les jóvenes de los barrios en un marasmo sindical y estudiantil rutinizado. Una vez más, todo ocurre como si el llamado a la convergencia de las luchas no tuviera otra ambición que silenciar a los elementos menos pulidos del movimiento. Entiéndase: les liceístas de barrios populares que apedrean y golpean a los polis.
A diferencia del conjunto de la izquierda, el Estado no considera este movimiento como liceísta: lo trata como motines urbanos que hay que reprimir. La brutalidad de la policía expresa el conjunto de los dispositivos de control de los barrios populares[14], mucho más que una “fragilidad” política o un “miedo” del gobierno. Todos los análisis y llamados de la izquierda a ampliar la lucha de les liceístas se sitúan, de hecho, contra la fracción amotinada y, por tanto, contra lo más radical del movimiento. Para decirlo claramente, hay dos grupos. Unos son les jóvenes proletaries que saben que ni siquiera podrán alcanzar las condiciones de vida de mierda de sus padres. Los otros son aquellos para quienes todavía es posible conservar el acceso a los estudios superiores. Entre ambos, la izquierda ya eligió.
Como durante los Chalecos Amarillos, y más aún en el verano de 2023, la lucha se funda en la imposibilidad de reproducir las propias condiciones de existencia. Este episodio de la lucha de clases se inscribe directamente en la crisis generalizada de la reproducción. Esa crisis no deja de provocar levantamientos en todo el mundo, y vemos que se ha profundizado en los últimos tiempos[15]. Ya no hay posibilidad de ganar como liceístas, trabajadores o estudiantes cuando ninguna mejora sectorial de las condiciones de vida es posible[16]. La forma “motín urbano” se impone por sí misma, para todas las partes, como la única manera de existir y de tratar el asunto. Así lo viven les liceístas, que ven la imposibilidad de un futuro, y el Estado, que ya no tiene nada que ofrecer. Frente a semejante crisis de la reproducción, solo quedan dos cosas. Por un lado, motines contra aquello que nos constituye y nos determina en esta sociedad. Por otro, un movimiento social estéril que a duras penas cumple su papel de pacificador, cuando el capital ya ni siquiera se digna dejarle migajas.
¿Y ahora?
Una vez dicho todo esto, es hora de (no) responder a una serie de preguntas pendientes. La primera es hacia dónde se orienta el movimiento. Por ahora es imposible saber si las vacaciones, los retrocesos simbólicos del gobierno y la lejana fecha del 17 de octubre bastarán para agotar la dinámica. El cierre de los liceos, anunciado y luego anulado, parece haber favorecido que los bloqueos se mantuvieran el resto de la semana. Asimismo, la movilización de (las organizaciones de) les estudiantes puede verse como una evolución del movimiento hacia un movimiento social de lo más clásico. No obstante, concluir demasiado pronto en esta triste perspectiva quizá equivalga a subestimar la creatividad de les más jóvenes. También supondría temer una salida que parece haber demostrado su caducidad histórica. Desde hace años, el Estado niega la puerta de salida del “diálogo”, que es la condición misma de la existencia de un movimiento social.
Por otra parte, parece que la movilización se contagia a otros países europeos. Si la tendencia se confirma, representaría una novedad bastante espectacular en los movimientos contemporáneos[17]. Quizá ahí resida la única “convergencia” posible en lo que está ocurriendo: en la crítica despiadada de este mundo. La hacen quienes ya no tienen siquiera la promesa de un mundo que ganar y, por eso, ya no tienen nada que perder en la lucha contra él.
En los textos de análisis en caliente es costumbre encadenar lugares comunes de moda y exhortaciones vacías sobre el rumbo del movimiento. Es un “qué hacer” recalentado para quienes leen textos de izquierda como si la voluntad de les militantes pudiera transformar la dinámica de un motín. Nos ahorraremos, pues, esa inútil faena. Les toca a les liceístas proletaries seguir trazando insolentes líneas de fuga, y lo hacen mejor que les militantes. Antes de poder hacer un verdadero balance del movimiento, solo nos queda apoyarles activamente y unirnos a sus luchas tanto como sea posible, sin sustituirles. No se trata de un apoyo a distancia, aplaudiendo pasivamente mientras a les liceístas les rompen la cara en primera línea. Se trata de estar con elles, recibir golpes a su lado y mantenernos solidaries contra la represión.
Libertad para les liceístas detenides, gloria a les culpables y que ardan todas las escuelas.
Notas
- A este respecto, resulta gracioso que el gobierno se apoye en un mapa de las circunscripciones de LFI para probar que esta teledirige el movimiento. Ese mapa señala sobre todo el origen periférico del movimiento. No nos rebajaremos a comentar lo ridículo de esa teoría. https://fr.euronews.com/2026/10/01/blocages-des-lycees-violences-incendies-et-affrontements-lecornu-accuse-lfi-et-lultra-gauc
- El ministro anuncia 24 liceos dañados o incendiados: https://www.bfmtv.com/politique/video-edouard-geffray-24-lycees-incendies-ou-saccages-30-000-lycéen·nes-prives-de-cours-pour-plusieurs-semaines_VN-202610070375.html
- El ministro de Educación Nacional declaró: «Me parece muy sano para la democracia social y liceísta que haya una manifestación. Es la primera vez en diez días que vamos a tener un movimiento que se inscribe en un marco organizado, democrático, legal» (programa matutino de FranceInfo, 6 de octubre de 2026).
- Véase el video del interesado, «¡El 6 de octubre, por las reivindicaciones y la protección de la juventud!».
- Más allá de la forma amotinada, parece evidente que una parte importante de les amotinades proviene de los mismos barrios que hace tres años. Eso explica en parte el celo de una policía acostumbrada a disparar a discreción contra jóvenes racializados de barrios populares.
- Al respecto, puede consultarse este texto: https://www.instagram.com/p/DeFf9A6kYmr
- Lo simbolizan, por cierto, la fuerte presencia de banderas francesas y las Marsellesas entonadas en los bloqueos, más allá de les militantes de LFI.
- Cabe señalar, por ejemplo, la sobrecarga de horarios (el “8-18 h”), consecuencia directa de la reforma de las modalidades del bachillerato general. También la prohibición del celular, o ParcoursSup, verdadera máquina de ansiedad frente al futuro.
- El liceo de Fécamp, en Seine-Maritime, hace bloqueo contra la “clase de defensa” y contra los genocidios. Ese ejemplo muestra hasta qué punto les liceístas politizan estos temas.
- Se puede pensar aquí en les orientadores vocacionales, la carte scolaire (zonificación escolar), la multiplicidad de opciones y las jerarquías implícitas entre ramas. También en el subfinanciamiento de los liceos de los barrios populares y la sinergia con el sector privado para cumplir la tarea de clasificación de la fuerza de trabajo que es la escuela.
- Sobre este punto, remitimos a un texto que republicamos hace unos días («La escuela está enferma: que reviente»): https://artifices.blog/2026/10/02/lecole-est-malade-quelle-creve/
- Si se toma en cuenta el número de alumnos, la baja se mantiene en el mismo orden de magnitud. Resulta particularmente irónico que los recortes presupuestarios en educación comiencen en 1997. Fue el año en que llegó un gobierno de izquierda del que formaba parte un tal Jean-Luc Mélenchon.
- Remitimos a nuestro texto sobre el movimiento contra la reforma de las pensiones de 2023.
- Más allá de las cifras mencionadas, el uso de autos como arietes contra grupos de jóvenes proviene más bien del arsenal de la gestión colonial de los barrios que del mantenimiento del orden.
- Más allá de las condiciones de aprendizaje, es interesante notar que coincide con la movilización española por la vivienda y con la de los alemanes contra la conscripción. Rearme y austeridad van, las más de las veces, de la mano. En el caso francés, no se puede dejar de vincularlo con la cuestión del combustible. Lecornu, por lo demás, no se equivocó al responder a les liceístas con una medida sobre la gasolina, aunque el G7 ya la tenía prevista desde hacía semanas.
- Recordemos que, pese a la increíble ofensividad de los Chalecos Amarillos, les dieron atole con el dedo antes de que la secuencia terminara, asfixiada por sus aspiraciones democráticas.
- Incluso sin un salto cualitativo transnacional, resulta elocuente que la crisis de la reproducción saque a tantos jóvenes a las calles en los países centrales del capitalismo. Da igual que el detonante sea la condición liceísta, la vivienda u otra cosa.




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