La impotencia organizada: sectas, valor y el fracaso histórico del movimiento comunista
[Ésta serie de textos, son fragmentarios poco a poco iré subiendo otros fragmentos sobre el asunto]
I.
La impotencia organizada: sectas,
valor y el fracaso histórico del movimiento comunista
La oposición entre las distintas
corrientes que emergieron del movimiento comunista —leninismo, consejismo,
autonomismo, bordiguismo— ha sido tradicionalmente leída como una disputa
estratégica fundamental sobre las vías para la abolición del capitalismo. Partido
o consejos, toma del poder o autoorganización, centralización o espontaneidad:
estas dicotomías han estructurado durante décadas tanto la teoría como la
práctica política revolucionaria. Sin embargo, esta oposición, que en su
momento histórico tuvo un contenido real, hoy se revela cada vez más como una
falsa dicotomía. No porque las diferencias hayan sido irrelevantes, sino porque
todas estas corrientes comparten una determinación más profunda que las
atraviesa: su inscripción en un mismo horizonte histórico en el cual el
proletariado podía afirmarse como sujeto revolucionario y, a través de esa
afirmación, proyectar la superación del capital.
En efecto, tanto el leninismo
como sus críticos más radicales partían de una premisa común: que el proletariado,
en tanto clase, debía organizarse, constituirse políticamente y desplegar su
potencia para realizar el comunismo. Ya fuera mediante el partido de vanguardia
o a través de consejos obreros, ya fuera en la forma de la autonomía o en la de
la disciplina revolucionaria, el núcleo de estas perspectivas residía en la
afirmación de la clase trabajadora como sujeto histórico. Pero esta afirmación
contenía, desde su origen, una contradicción estructural. El proletariado no es
una entidad exterior al capital, sino una forma social producida por él; es la
clase que solo existe en tanto vende su fuerza de trabajo y reproduce la
relación capitalista. Pretender que esta clase pueda abolir el capital
afirmándose como tal implica, en última instancia, intentar superar una
relación social reproduciendo uno de sus polos constitutivos.
Esta contradicción no se resolvió
en la práctica histórica, sino que se manifestó en las derivas concretas de
estas corrientes. Allí donde el leninismo triunfó, lo que emergió no fue la
abolición del capital, sino su reorganización bajo la forma del Estado, es
decir, una modalidad de capitalismo de Estado en la que la explotación
persistía bajo nuevas mediaciones políticas. Allí donde el consejismo o el
autonomismo buscaron encarnar una alternativa, su horizonte se vio limitado a
formas de autogestión que, lejos de romper con la lógica del valor, tendían a
reproducirla a escala local o comunitaria. En ambos casos, el problema no
radicaba en errores tácticos o desviaciones ideológicas, sino en un límite más
profundo: la imposibilidad de abolir el capital mediante la afirmación de la
clase que él mismo produce.
El agotamiento de este horizonte
histórico permite comprender por qué hoy no existe un movimiento comunista real
en el sentido clásico del término. No se trata simplemente de una crisis
organizativa o de una pérdida de conciencia, sino de una transformación más
profunda en las condiciones de reproducción del capital. La centralidad del
trabajo industrial, la concentración obrera y las formas relativamente estables
de identidad de clase que caracterizaron el ciclo anterior han sido
profundamente erosionadas por procesos de desindustrialización, precarización y
fragmentación. El proletariado ya no puede constituirse como un sujeto
colectivo homogéneo capaz de afirmarse positivamente frente al capital. En su
lugar, emergen formas de conflictividad dispersas, discontinuas, atravesadas
por la negatividad más que por la afirmación, por la ruptura puntual más que
por el proyecto sostenido.
En este contexto, la persistencia
de las distintas corrientes comunistas bajo la forma de pequeñas
organizaciones, grupos ideológicos o “sectas” adquiere un significado
específico. Lejos de ser simples anomalías o vestigios del pasado, estas
formaciones cumplen una función dentro de la lógica actual del capital. En
primer lugar, operan como dispositivos de conservación de identidades políticas
históricamente superadas, manteniendo vivas categorías —partido, programa,
clase afirmativa— que ya no corresponden a las condiciones presentes de la
lucha de clases. En segundo lugar, producen una simulación de antagonismo,
generando la impresión de que existe una continuidad del movimiento
revolucionario cuando, en realidad, se trata de formas desvinculadas de
cualquier dinámica material capaz de transformar la realidad social.
Más aún, estas sectas no están
por fuera de la lógica de la valorización, sino que participan de ella en un
nivel específico. Funcionan como espacios de producción, circulación y consumo
de bienes simbólicos —teorías, textos, debates— que generan formas de
reconocimiento, legitimidad y capital cultural. En este sentido, pueden ser
comprendidas como microcircuitos de valorización simbólica, en los que la
radicalidad discursiva coexiste con una integración funcional en el orden
existente. La fragmentación extrema de estas corrientes, su proliferación en
múltiples variantes y su incapacidad para articularse en un movimiento efectivo
no son simplemente signos de debilidad, sino momentos de una forma específica
de reproducción de la impotencia.
El fracaso histórico de estas
perspectivas no puede explicarse, por tanto, en términos de traición, errores
estratégicos o insuficiencias teóricas individuales. Se trata de un fracaso
inscrito en las propias condiciones que hicieron posible su emergencia. Estas
corrientes fueron la expresión de un ciclo histórico en el que la afirmación
del proletariado como clase aparecía como una vía plausible hacia la superación
del capital. Con el cierre de ese ciclo, sus categorías fundamentales han
perdido su eficacia. El capital contemporáneo, caracterizado por una subsunción
real cada vez más profunda, por la integración de la tecnología, la logística y
la violencia en sus procesos de valorización, ya no requiere integrar políticamente
al proletariado en las formas en que lo hacía anteriormente. Puede gestionar la
precariedad, la exclusión y la fragmentación de manera directa, sin necesidad
de producir un sujeto colectivo unificado.
En estas condiciones, la
superación del capital ya no puede pensarse como el resultado de un movimiento
afirmativo organizado en torno a la identidad de clase. Si el comunismo sigue
siendo una posibilidad, esta no puede adoptar la forma de un programa previo ni
de una organización que prefigure la sociedad futura. Solo puede emerger como
una ruptura inmanente a las propias crisis del capital, como un proceso en el
que las relaciones sociales existentes sean puestas en cuestión y abolidas sin
pasar por la mediación de su afirmación. Frente a la persistencia de las formas
heredadas —partidos, consejos, sectas— lo que se impone no es su reforma o
actualización, sino el reconocimiento de su obsolescencia. La verdadera tarea
crítica no consiste en elegir entre ellas, sino en comprender por qué todas han
llegado a un punto muerto y qué implica pensar más allá de ese horizonte.
II.
La impotencia organizada II:
anarquismo, negatividad y reproducción de la forma social
Si la falsa dicotomía entre
leninismo y corrientes surgidas del comunismo histórico remite a un mismo horizonte
de afirmación del proletariado, el anarquismo suele presentarse como una
ruptura más radical, como una exterioridad frente a las formas políticas del
capital y del movimiento obrero tradicional. Su rechazo del Estado, del partido
y de toda mediación jerárquica parecería situarlo en una posición privilegiada
para pensar la abolición de las relaciones de dominación. Sin embargo, al
observar sus formas históricas y contemporáneas desde una crítica categorial,
se revela que esta supuesta exterioridad es, en gran medida, ilusoria. El
anarquismo no escapa a las determinaciones de la forma social capitalista, sino
que las reproduce bajo modalidades específicas, particularmente en su relación
con la comunidad, la autonomía y la negatividad.
En sus distintas variantes —desde
el anarquismo clásico hasta sus expresiones contemporáneas insurreccionalistas
o comunitarias— el núcleo del anarquismo reside en la afirmación de la
autonomía frente a toda forma de autoridad. Esta afirmación, que en su momento
histórico operó como una crítica potente a las formas estatales y partidarias
del movimiento obrero, se sostiene sobre una concepción implícita: que es
posible sustraerse de las mediaciones del capital mediante la autoorganización
libre, la creación de comunidades autónomas o la proliferación de prácticas
horizontales. Sin embargo, esta concepción pasa por alto que el capital no es
simplemente una estructura externa de dominación que pueda ser evitada o
eludida, sino una forma social total que organiza las relaciones, los tiempos,
los espacios y las subjetividades. La autonomía, en este sentido, no puede
constituirse como un afuera real, sino que se despliega necesariamente en el
interior de esta forma social.
Esto se manifiesta en la
tendencia recurrente del anarquismo a construir espacios de autogestión,
comunas, colectivos o redes horizontales que, aunque se planteen como
alternativas al capital, terminan reproduciendo sus categorías fundamentales.
La producción, la distribución, el intercambio y la organización del tiempo en
estos espacios no escapan a la lógica del valor, sino que la reconfiguran a
pequeña escala. La autogestión, lejos de abolir la relación social capitalista,
puede devenir en una forma de administración directa de la propia explotación,
en la que los sujetos gestionan colectivamente las condiciones de su
reproducción sin romper con las determinaciones estructurales que las
configuran. Así, la crítica al Estado y a la jerarquía no necesariamente se
traduce en una crítica efectiva al valor, al trabajo abstracto o a la forma
mercancía.
Por otro lado, en sus versiones
más contemporáneas, el anarquismo ha tendido a desplazarse hacia formas de
negatividad que privilegian la insurrección, el sabotaje, la revuelta puntual o
la acción directa como modos de confrontación con el orden existente. Estas
prácticas, que expresan de manera inmediata el rechazo a la dominación, operan
sin embargo en un registro fragmentario y discontinuo. La insurrección se
convierte en un momento intenso pero efímero, incapaz de articularse en un
proceso de transformación que desborde las condiciones que la hacen posible. En
este sentido, la negatividad anarquista corre el riesgo de quedar atrapada en
una repetición de gestos de ruptura que no logran trascender su propia inmediatez,
funcionando más como válvulas de descompresión que como vectores de abolición
de las relaciones sociales.
Al igual que en el caso de las
corrientes comunistas tradicionales, las formas contemporáneas del anarquismo
tienden a cristalizar en configuraciones que pueden ser comprendidas como
“sectas” en un sentido amplio. No necesariamente en términos organizativos
rígidos, sino como constelaciones cerradas de prácticas, discursos y
sensibilidades que reproducen su propia identidad. Estas formaciones operan como
espacios de reconocimiento mutuo, de producción simbólica y de diferenciación
respecto a otros grupos, generando una microeconomía de prestigio, radicalidad
y coherencia. En este proceso, la crítica se convierte en un marcador
identitario y la práctica en una forma de pertenencia, más que en un momento de
transformación efectiva de las relaciones sociales.
La función de estas formas dentro
de la lógica del capital no es simplemente la de oponerse a él, sino también la
de integrarse de manera específica en su reproducción. La proliferación de
colectivos, redes y espacios autónomos fragmentados contribuye a una dispersión
de la conflictividad que dificulta la emergencia de rupturas más profundas. Al
mismo tiempo, la estetización de la radicalidad, la circulación de discursos
críticos y la producción de estilos de vida alternativos pueden ser fácilmente
absorbidas por el capital como nichos culturales, formas de consumo o
identidades diferenciadas. Así, incluso las prácticas que se conciben como más
radicales pueden ser reterritorializadas como momentos de la valorización, ya
sea en el plano simbólico, cultural o económico.
El fracaso del anarquismo,
entendido no como desaparición sino como incapacidad para constituirse en una
fuerza de abolición del capital, no puede atribuirse únicamente a sus
limitaciones internas o a la represión externa. Al igual que las corrientes
comunistas, el anarquismo está inscrito en un ciclo histórico específico en el
que ciertas formas de acción y organización parecían capaces de subvertir el
orden existente. Con la transformación de las condiciones de reproducción del
capital, estas formas han perdido su eficacia. La subsunción real de la vida
social, la integración de la tecnología, la logística y la violencia en los
procesos de valorización, así como la fragmentación extrema de las condiciones
de existencia, han redefinido el terreno de la lucha de clases.
En este nuevo contexto, la
apuesta por la autonomía, la comunidad o la insurrección puntual no logra
escapar a las determinaciones que pretende negar. La crítica radical ya no
puede consistir en la construcción de espacios alternativos dentro del mundo
existente ni en la repetición de gestos de ruptura que se agotan en sí mismos.
Si el comunismo sigue siendo una posibilidad, esta no puede fundarse ni en la
afirmación de la clase ni en la afirmación de la autonomía, sino en la
disolución de las categorías mismas que estructuran la vida social bajo el
capital. Esto implica reconocer que no hay exterioridad posible desde la cual construir
un mundo nuevo, sino únicamente la posibilidad de una transformación inmanente
que, en el curso de las crisis, ponga en cuestión y deshaga las formas que nos
constituyen.
En este sentido, el anarquismo,
al igual que las corrientes comunistas que pretendía superar, se enfrenta hoy a
su propio límite histórico. No como un conjunto de ideas que deban ser
descartadas sin más, sino como formas que deben ser atravesadas críticamente
para pensar más allá de ellas. La tarea no consiste en elegir entre partido,
consejo o comunidad, ni en radicalizar la negatividad hasta el infinito, sino
en comprender por qué todas estas formas han devenido insuficientes y qué
significa, en las condiciones actuales, imaginar y practicar una ruptura que no
reproduzca aquello que pretende abolir.
III.
Más allá de la afirmación y la autonomía:
forma valor, mitologías revolucionarias y reestructuración capitalista en el
siglo XXI
Las críticas dirigidas tanto a
las corrientes comunistas tradicionales como al anarquismo convergen en un
punto decisivo: ambas han quedado atrapadas en formas históricas de la lucha de
clases que ya no corresponden a las condiciones actuales de reproducción del
capital. A pesar de sus diferencias estratégicas y teóricas, comparten una
serie de mitologías que, en su momento, tuvieron una función movilizadora, pero
que hoy operan como obstáculos para una comprensión adecuada del presente.
Estas mitologías no son simples errores ideológicos, sino condensaciones de un
ciclo histórico específico en el que la relación capitalista permitía imaginar
su superación a partir de la afirmación de ciertos sujetos, prácticas u
horizontes organizativos.
Una de las mitologías más
persistentes es la del sujeto revolucionario, ya sea bajo la figura del
proletariado organizado, del partido de vanguardia o de la comunidad autónoma.
En todas sus variantes, esta idea supone que existe una instancia social capaz
de encarnar positivamente la negación del capital. Sin embargo, en las
condiciones actuales, esta suposición se vuelve cada vez más insostenible. La
reestructuración capitalista de las últimas décadas ha disuelto las bases
materiales que sostenían la posibilidad de una identidad de clase relativamente
homogénea. La fragmentación del trabajo, la precarización generalizada, la
expansión de formas de empleo discontinuas y la integración de la vida entera
en los circuitos de valorización han producido un escenario en el que el
proletariado ya no puede afirmarse como un sujeto unificado, sino que aparece
disperso en múltiples posiciones inestables, atravesadas por determinaciones
heterogéneas.
A esta mitología del sujeto se
suma la del programa, es decir, la idea de que el comunismo puede ser
prefigurado como un conjunto de medidas, instituciones o formas organizativas
que, una vez implementadas, conducirían a la superación del capital. Tanto el
leninismo con su transición estatal como el consejismo o el anarquismo con sus
formas de autogestión comparten, en distintos grados, esta confianza en la
posibilidad de anticipar la forma de la sociedad futura. Sin embargo, esta
concepción presupone que el capital es una estructura que puede ser sustituida
por otra, cuando en realidad se trata de una forma social que atraviesa la
totalidad de las relaciones. La abolición del capital no puede consistir en la
implementación de un modelo alternativo, sino en la descomposición de las
categorías mismas —valor, trabajo abstracto, mercancía— que estructuran la vida
social.
Otra mitología fundamental es la
de la exterioridad, la creencia de que es posible situarse fuera del capital,
ya sea mediante la toma del poder estatal o la construcción de espacios
autónomos. En ambos casos, se supone que existe un punto de apoyo desde el cual
transformar la totalidad. No obstante, la forma valor, en su desarrollo
contemporáneo, ha alcanzado un grado de penetración tal que no deja intacto
ningún exterior. La subsunción real no solo ha incorporado el proceso de
trabajo, sino también la reproducción social, la subjetividad, la tecnología y
la vida cotidiana en su conjunto. En este contexto, tanto el Estado como la
comunidad aparecen como formas internas a la reproducción del capital, no como
instancias externas capaces de negarlo desde fuera.
La persistencia de estas
mitologías en el presente se explica, en parte, por la inercia de las
tradiciones políticas y teóricas, pero también por la dificultad de pensar una
ruptura que no se apoye en formas ya conocidas. Sin embargo, esta persistencia
tiene efectos concretos: orienta las prácticas hacia horizontes que ya no son operativos
y contribuye a la reproducción de una impotencia que se organiza en torno a
identidades, discursos y formas de acción heredadas. Así, las disputas entre
corrientes —partido contra consejos, organización contra espontaneidad,
centralización contra horizontalidad— continúan desarrollándose como si las
condiciones que les dieron origen siguieran vigentes, cuando en realidad el
terreno sobre el que se asentaban ha sido profundamente transformado.
La reestructuración capitalista
del siglo XXI, caracterizada por la financiarización, la centralidad de la
logística, la automatización, la digitalización y la integración de la
violencia en los procesos de valorización, ha modificado radicalmente la forma
en que el capital se reproduce. La ley del valor no ha desaparecido, pero opera
a través de mediaciones cada vez más complejas, en las que el trabajo vivo se
articula con tecnologías, infraestructuras y dispositivos de control que
desbordan las formas clásicas de la fábrica. En este contexto, las categorías tradicionales
del movimiento obrero resultan insuficientes para captar las dinámicas
actuales, y las estrategias que se derivaban de ellas pierden su eficacia.
Frente a este escenario, la
crítica no puede limitarse a elegir entre las distintas tradiciones heredadas
ni a intentar actualizarlas superficialmente. Se requiere un desplazamiento más
radical que ponga en cuestión las categorías mismas que han estructurado la
imaginación revolucionaria durante más de un siglo. Esto implica abandonar la
idea de un sujeto privilegiado, de un programa predefinido y de una
exterioridad desde la cual operar, para pensar el comunismo como un proceso de
transformación inmanente a las crisis del capital, en el que las relaciones
sociales existentes sean deshechas sin reproducir sus formas fundamentales.
En este sentido, la crítica
conjunta del leninismo, del consejismo, del autonomismo y del anarquismo no
conduce a un escepticismo paralizante, sino a la necesidad de replantear las
condiciones mismas de posibilidad de una ruptura. No se trata de negar la
historia de las luchas ni de descartar las experiencias pasadas, sino de
reconocer que sus formas ya no corresponden al presente. Solo a partir de este
reconocimiento es posible abrir un espacio para pensar más allá de las
mitologías heredadas y enfrentar, sin ilusiones, las determinaciones de la
forma valor en su configuración contemporánea.
IV.
El partido histórico de la destrucción:
recomposición de la ruptura y superación de la impotencia
Si la crítica de las corrientes
comunistas tradicionales y del anarquismo revela el agotamiento de sus formas
históricas, y si la persistencia de sus mitologías funciona hoy como un límite
para pensar la transformación radical, la cuestión decisiva no puede ser
simplemente la negación de estas tradiciones. Permanecer en la crítica
negativa, en la denuncia de la insuficiencia o en la constatación de la
impotencia, corre el riesgo de reproducir, bajo otra forma, la misma parálisis
que se pretende superar. La tarea no consiste en elegir entre las viejas formas
ni en perfeccionarlas, sino en abrir un terreno distinto desde el cual la
ruptura con el capital pueda pensarse y practicarse en condiciones radicalmente
nuevas.
Superar la crisis actual de la
lucha de clases implica, en primer lugar, romper con la lógica sectaria que ha
fragmentado históricamente las perspectivas revolucionarias. Las sectas —ya
sean leninistas, consejistas, autonomistas o anarquistas— no deben ser
entendidas únicamente como desviaciones organizativas, sino como formas de
subjetivación acordes con la impotencia estructural del presente. Superarlas no
significa fusionarlas ni sintetizarlas en una nueva ortodoxia, sino disolver las
condiciones que las hacen necesarias: la identificación con una doctrina, la
reproducción de identidades políticas cerradas, la búsqueda de coherencia
interna como sustituto de eficacia real. La ruptura con las sectas es, ante
todo, una ruptura con la forma de pertenencia que convierte la teoría en
propiedad y la práctica en repetición.
En este sentido, reemprender la
avanzada de la lucha de clases no puede partir de la reconstitución de un
sujeto positivo ni de la elaboración de un nuevo programa. Debe partir de la
comprensión de que el comunismo no es una identidad, una organización ni un
modelo social a realizar, sino un movimiento de destrucción de las relaciones
existentes. Es aquí donde cobra sentido la noción marxiana del partido
histórico, no como partido en el sentido organizativo tradicional, sino como la
tendencia real, inmanente, que atraviesa las luchas y que apunta a la abolición
de las categorías fundamentales del capital. Este partido histórico no se
presenta como una institución separada, sino como la convergencia de prácticas,
rupturas y procesos en los que la reproducción de la sociedad capitalista es
puesta en cuestión.
Hablar del comunismo como partido
de la destrucción implica desplazar radicalmente el horizonte de la acción
revolucionaria. No se trata de construir una nueva forma de gestión, ni de
conquistar el Estado, ni de crear espacios alternativos estables dentro del
capital. Se trata de deshacer las mediaciones que sostienen la forma valor: el
trabajo abstracto, la mercancía, el dinero, la separación entre producción y
reproducción, entre economía y política. Esta destrucción no es un acto
puramente negativo, sino un proceso en el que, al mismo tiempo que se disuelven
las relaciones existentes, emergen formas de vida no mediadas por el valor. La
negatividad se vuelve así un momento de una positividad no programada, no
anticipada, que solo puede desplegarse en el propio proceso de ruptura.
En contraste con esta
perspectiva, las ideologías dominantes de la socialdemocracia y el liberalismo
progresista operan como dispositivos de contención de la crisis. Bajo la
promesa de derechos, inclusión, diversidad o regulación, estas corrientes
buscan rearticular la legitimidad del capital sin cuestionar sus fundamentos.
Su crítica se limita a los excesos, a las desigualdades o a las fallas del
sistema, pero nunca alcanza la forma social que las produce. De este modo,
canalizan el descontento hacia reformas que, lejos de abrir una vía de
superación, contribuyen a estabilizar la reproducción del capital en
condiciones cada vez más precarias y violentas.
Romper con estas ideologías no
significa simplemente denunciarlas, sino comprender su función en la
reproducción de la forma valor. La inclusión en el mercado, la ampliación de
derechos dentro del orden existente, la gestión “humana” de la explotación, no
son pasos hacia el comunismo, sino mecanismos de integración que neutralizan la
posibilidad de una ruptura. En este sentido, la crítica al progresismo no puede
hacerse desde una posición reaccionaria ni nostálgica, sino desde la afirmación
de que ninguna mejora dentro de las categorías del capital puede conducir a su
abolición.
La reanudación de la lucha de
clases en el presente no adoptará la forma de un movimiento unificado, de una
organización centralizada ni de una identidad colectiva estable. Se
manifestará, más bien, como una multiplicidad de conflictos, rupturas y
prácticas que, en determinados momentos, pueden converger en procesos de
descomposición de las relaciones sociales existentes. La tarea no es dirigir
estas luchas desde una instancia externa, sino reconocer en ellas las
tendencias que apuntan más allá del capital, aquellas que no buscan gestionar
la crisis, sino profundizarla hasta hacerla insostenible.
En este proceso, la noción de
totalidad adquiere un sentido decisivo. No como una estructura cerrada que deba
ser representada teóricamente, sino como el carácter total de la dominación
capitalista y, al mismo tiempo, como el horizonte de su abolición. La
destrucción del capital no puede ser parcial ni sectorial; no puede limitarse a
un ámbito específico de la vida social. Implica la transformación de la
totalidad de las relaciones, la disolución de las separaciones que estructuran
la sociedad moderna. Es en este sentido que el comunismo puede ser pensado como
anarquía, no como desorden, sino como ausencia de mando, como disolución de
toda forma de poder separado.
Superar la crisis de las
perspectivas revolucionarias heredadas exige, por tanto, un doble movimiento:
por un lado, la crítica radical de sus límites y mitologías; por otro, la
apertura a formas de acción y de pensamiento que no se dejen capturar por las
categorías del pasado. El partido histórico del comunismo no se construye como
una organización, sino que se despliega en la medida en que las luchas rompen
con la reproducción del capital y se orientan hacia la abolición de sus
condiciones de existencia. En este sentido, la tarea no es fundar un nuevo
sujeto, sino participar en un proceso en el que los sujetos mismos, tal como
existen hoy, son transformados y, en última instancia, superados.
La salida de la impotencia
organizada no reside en la recomposición de las viejas formas, sino en su
superación práctica. Allí donde las luchas dejen de afirmar identidades, de
reproducir mediaciones y de buscar reconocimiento dentro del orden existente,
comenzará a perfilarse otra cosa: no un programa, no una doctrina, sino un
movimiento real que, en el acto mismo de destruir el mundo del valor, abra la
posibilidad de una vida distinta. Ese movimiento, sin nombre fijo ni forma
predefinida, es lo que puede ser llamado, en sentido estricto, el partido
histórico de la destrucción.
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