Sobre el academicismo, la clase y una falsa polémica
Sobre el academicismo, la clase y una falsa polémica
Una de las críticas más recurrentes que han recibido quienes se aproximan a la teoría de la comunización consiste en acusarlos de ser "universitarios", "academicistas" o representantes de una supuesta teoría separada de la experiencia proletaria. Más allá de la mala fe que suele acompañar estas afirmaciones, el problema principal es que parten de una comprensión profundamente superficial tanto de la clase como de la historia de las transformaciones del capitalismo contemporáneo.
Durante décadas, una parte de los hijos e hijas de trabajadores manuales, empleados de servicios, campesinos, pequeños asalariados del sector público y sectores populares logró acceder a la educación superior gracias a luchas sociales, movimientos estudiantiles, conflictos obreros y conquistas históricas que ampliaron parcialmente el acceso al conocimiento. La universidad pública, con todas sus contradicciones y limitaciones, no fue una concesión espontánea de las clases dominantes. Constituyó una conquista arrancada mediante décadas de conflictos sociales que permitieron que sectores tradicionalmente excluidos ingresaran a espacios históricamente reservados para minorías privilegiadas.
Sin embargo, el acceso a la educación superior nunca significó necesariamente una ruptura con la condición proletaria. Por el contrario, para amplios sectores de estas generaciones, la universidad coincidió con la destrucción progresiva de las antiguas formas de integración salarial. Muchos ingresaron al mercado laboral cuando el empleo estable ya se encontraba en crisis, cuando la precarización se expandía por todos los sectores de la economía y cuando las promesas tradicionales de ascenso social comenzaban a mostrar su agotamiento histórico. La experiencia de combinar trabajo, estudio, desempleo, subempleo, endeudamiento y múltiples formas de supervivencia se convirtió en una realidad cotidiana para millones de personas.
La figura del estudiante de origen popular que posteriormente accede a estudios de posgrado no representa una anomalía externa al proletariado. Representa una de las formas concretas mediante las cuales se expresa la recomposición de clase en el capitalismo contemporáneo. Las viejas imágenes del obrero industrial masculino, sindicalizado y empleado de manera estable ya no agotan la realidad del trabajo asalariado. La expansión de los servicios, la terciarización, la precarización generalizada, la financiarización de la vida cotidiana y la fragmentación de los mercados laborales han producido configuraciones mucho más complejas de la condición proletaria.
Por ello, resulta profundamente problemático convertir el acceso al conocimiento en una prueba de abandono de clase. Esta idea supone, consciente o inconscientemente, que el conocimiento debe permanecer monopolizado por las élites y que cualquier trabajador que logre acceder a espacios de formación intelectual deja automáticamente de formar parte del proletariado. Se trata de una concepción difícilmente compatible con cualquier perspectiva materialista seria. Si la clase se define por la posición que los individuos ocupan dentro de las relaciones sociales capitalistas, entonces las credenciales académicas, por sí mismas, no modifican dicha posición.
Existe además un aspecto profundamente reaccionario en ciertas críticas al llamado "academicismo". Cuando se afirma que un hijo de trabajadores deja de pertenecer a su clase por haber accedido a la universidad o a estudios avanzados, se está aceptando implícitamente que el conocimiento debe permanecer monopolizado por las clases dominantes. Se termina defendiendo una división social del conocimiento según la cual los hijos de la burguesía pueden convertirse en intelectuales, investigadores o teóricos, mientras que los hijos de trabajadores deberían permanecer confinados a una posición social previamente asignada.
Bajo una retórica aparentemente proletaria reaparece así una concepción profundamente conservadora de la sociedad. La idea de que ciertos espacios del saber no corresponden a la clase trabajadora no constituye una crítica revolucionaria al capitalismo sino una aceptación resignada de las jerarquías producidas por él. Lo que aparece como defensa de la autenticidad obrera termina convirtiéndose en una forma de naturalización de la división capitalista entre trabajo manual y trabajo intelectual.
Esta posición resulta aún más problemática cuando se observa que gran parte de las conquistas históricas del movimiento obrero estuvieron precisamente orientadas a romper ese monopolio. La alfabetización masiva, la educación pública, las universidades populares, las bibliotecas obreras, los círculos de estudio y las escuelas sindicales surgieron del intento de abolir la separación entre quienes producen conocimiento y quienes producen riqueza material. Considerar sospechoso que sectores proletarios accedan a formas complejas de elaboración teórica supone colocarse objetivamente en dirección contraria a una parte importante de la historia de las luchas de clase.
Existe además una contradicción raramente discutida dentro de ciertos ambientes comunistas. Con frecuencia, quienes denuncian el supuesto "academicismo" de determinadas corrientes presuponen que la experiencia proletaria constituye una especie de autenticidad sociológica inmediatamente reconocible. Sin embargo, cuando se examina la composición real de muchos grupos, organizaciones y círculos teóricos, aparece una realidad bastante más compleja.
Durante más de un siglo, una parte significativa de los intelectuales, militantes y teóricos revolucionarios procedió de sectores de clase media, pequeña burguesía, profesiones liberales, burocracias estatales, familias propietarias o incluso sectores claramente burgueses. Esto no constituye ningún problema en sí mismo. El comunismo nunca dependió del origen social de los individuos. Marx no era obrero. Engels era hijo de industriales. Gran parte de la tradición revolucionaria estuvo compuesta por trayectorias sociales extremadamente diversas.
Lo paradójico aparece cuando individuos provenientes de posiciones relativamente protegidas adoptan una actitud de sospecha permanente hacia sectores proletarios contemporáneos que han logrado acceder a espacios de educación superior. De manera consciente o inconsciente, terminan reproduciendo una extraña inversión: quienes históricamente dispusieron de mayores recursos materiales, patrimonio familiar, estabilidad económica o condiciones relativamente favorables para desarrollar actividades intelectuales cuestionan la legitimidad de trabajadores precarizados que apenas consiguieron ingresar a instituciones educativas mediante enormes esfuerzos materiales.
En las condiciones del capitalismo contemporáneo, para amplios sectores proletarios, el acceso a la universidad ya no representa un camino seguro hacia la movilidad social. Muy por el contrario. Numerosos estudiantes de origen popular continúan trabajando durante sus estudios, sobreviven mediante empleos temporales, enfrentan deudas, precariedad habitacional, incertidumbre laboral y perspectivas cada vez más limitadas de integración económica. La universidad ya no funciona necesariamente como un mecanismo de ascenso social; muchas veces se convierte simplemente en otra dimensión de la precariedad generalizada.
Por ello resulta profundamente revelador que ciertos discursos sigan identificando automáticamente universidad y privilegio. Detrás de esta identificación suele ocultarse una imagen anacrónica de la educación superior, propia de períodos históricos en los que el acceso universitario permanecía restringido a minorías relativamente acomodadas. Pero el capitalismo contemporáneo ha producido una situación diferente: amplios sectores proletarios precarizados han atravesado procesos educativos sin dejar por ello de depender del salario, del empleo precario o de múltiples estrategias de supervivencia.
Existe incluso una paradoja difícil de ignorar. Durante generaciones, numerosos grupos comunistas estuvieron compuestos por estudiantes, profesores, intelectuales, profesionistas, funcionarios, hijos de pequeños propietarios o individuos procedentes de sectores acomodados. Nadie consideró que ello invalidara automáticamente sus posiciones políticas. Sin embargo, cuando trabajadores precarizados del siglo XXI logran acceder a la universidad o incluso a estudios de posgrado, aparecen acusaciones de academicismo que raramente se dirigieron con la misma intensidad hacia aquellos sectores históricamente más alejados de la experiencia inmediata de la explotación salarial.
La consecuencia resulta absurda. Quienes nacieron en familias obreras, atravesaron la precarización, el desempleo, la inestabilidad laboral y la degradación de las condiciones de vida son considerados sospechosos por haber estudiado, mientras que individuos procedentes de clases medias, pequeña burguesía o incluso familias burguesas aparecen ocasionalmente como representantes legítimos de una supuesta autenticidad proletaria. Lo que debía ser un análisis materialista termina transformándose en una caricatura sociológica.
La insistencia en distinguir entre proletarios auténticos e intelectuales sospechosos termina ocultando precisamente las transformaciones reales de la composición de clase. En lugar de analizar las nuevas configuraciones de la explotación capitalista, se reconstruyen fronteras identitarias que ya no corresponden a la experiencia efectiva de millones de personas.
Existe además una dimensión menos visible de este fenómeno. La búsqueda obsesiva de un proletariado "auténtico", de sujetos revolucionarios puros o de identidades obreras incontaminadas suele expresar las dificultades que numerosas corrientes han encontrado para comprender la larga crisis histórica de las luchas revolucionarias. Tras décadas de derrotas, reestructuración capitalista, fragmentación de clase y descomposición de las antiguas formas de organización obrera, la revolución aparece constantemente como una posibilidad aplazada.
En lugar de preguntarse por las transformaciones efectivas del capitalismo y de la lucha de clases, se busca al sujeto correcto. Si la revolución no llega, entonces se supone que debe existir algún defecto en quienes deberían realizarla. Aparece así una búsqueda permanente de figuras idealizadas: el obrero auténtico, el trabajador puro, el excluido absoluto, el marginal incorruptible o cualquier otra encarnación imaginaria de una exterioridad revolucionaria que el capitalismo supuestamente no habría logrado integrar.
Sin embargo, esta búsqueda conduce inevitablemente a un callejón sin salida. El proletariado no existe como una esencia oculta esperando manifestarse en su forma verdadera. Existe únicamente como una relación social contradictoria producida por el propio capital. La clase obrera real nunca fue homogénea, nunca fue moralmente pura, nunca fue culturalmente uniforme y nunca estuvo completamente separada de las determinaciones ideológicas de la sociedad en la que vivía.
En muchos casos, esta nostalgia opera de manera inconsciente. La frustración acumulada por la ausencia de procesos revolucionarios victoriosos, el agotamiento de generaciones militantes enteras y la experiencia repetida de la derrota generan la necesidad de encontrar explicaciones simples para problemas complejos. En lugar de reconocer los límites históricos de una época determinada, se proyectan las propias frustraciones sobre sectores concretos del proletariado.
Detrás de ciertas denuncias contra el "academicismo", el "intelectualismo" o la supuesta pérdida de autenticidad de la clase obrera suele esconderse una incapacidad para asumir que el capitalismo ha transformado profundamente las condiciones de existencia del proletariado. Se prefiere imaginar que la clase ha sido traicionada por determinados individuos antes que reconocer que las propias formas tradicionales de comprender la lucha de clases han entrado en crisis.
Esta operación tiene además una consecuencia teórica particularmente grave: termina eliminando la dimensión subjetiva de la constitución de clase. El proletariado deja de aparecer como una realidad histórica en permanente formación para convertirse en una identidad fija definida por atributos sociológicos externos. La clase ya no se constituye a través de sus prácticas, conflictos, contradicciones y luchas, sino mediante una serie de características previamente establecidas que permitirían distinguir a los verdaderos proletarios de los falsos.
Sin embargo, una perspectiva materialista exige exactamente lo contrario. La clase no existe antes de la lucha. La clase se constituye históricamente a través de procesos colectivos e individuales de confrontación con las condiciones de existencia impuestas por el capital. No es una esencia sino una actividad. No es una identidad sino una relación social en movimiento.
La cuestión fundamental no consiste en encontrar al proletario auténtico. Consiste en comprender cómo los individuos reales, atravesados por todas las contradicciones de la sociedad capitalista, producen colectivamente formas de lucha, resistencia y ruptura que transforman tanto sus condiciones de existencia como su propia relación con el mundo social. Es en ese movimiento contradictorio donde se constituye históricamente la clase, no en la búsqueda melancólica de una identidad obrera idealizada.
La cuestión nunca fue elegir entre teoría y experiencia. La cuestión consiste en comprender teóricamente una experiencia histórica que millones de proletarios ya están viviendo: la experiencia de una sociedad donde las antiguas promesas de integración salarial se desmoronan, donde las mediaciones tradicionales de la política obrera se encuentran en crisis y donde la reproducción de la vida se vuelve cada vez más incierta.
Desde una perspectiva comunista, el problema nunca ha sido que los proletarios accedan al conocimiento. El problema es que el conocimiento siga existiendo como una esfera separada, monopolizada y organizada bajo las necesidades de la valorización capitalista. La crítica revolucionaria no consiste en expulsar a los hijos de trabajadores de la teoría, sino en abolir las condiciones sociales que convierten la teoría, la ciencia y la cultura en privilegios de una minoría.
La búsqueda del proletario auténtico y la crisis de la subjetividad revolucionaria
La obsesión por encontrar al proletario auténtico constituye uno de los síntomas más reveladores de la crisis histórica que atraviesan numerosas corrientes revolucionarias contemporáneas. Tras décadas de derrotas, contrarrevolución, reestructuración capitalista y descomposición de las antiguas formas de organización obrera, una parte del movimiento comunista parece haber desplazado el problema de la revolución desde las contradicciones objetivas del capitalismo hacia la búsqueda interminable de un sujeto ideal capaz de realizar aquello que la historia no ha producido.
La pregunta deja entonces de ser por qué determinadas luchas fracasan, por qué ciertas formas organizativas entran en crisis o por qué las transformaciones del capital han modificado profundamente las condiciones de la lucha de clases. En su lugar aparece una interrogación completamente distinta: ¿dónde está el verdadero proletariado?
Esta pregunta encierra ya una trampa teórica. Presupone que existe alguna forma pura, auténtica y originaria de la condición proletaria que podría encontrarse detrás de las complejidades y contradicciones del capitalismo contemporáneo. Se imagina una especie de sujeto revolucionario ideal que habría permanecido intacto frente a los procesos de integración, fragmentación o descomposición producidos por el desarrollo histórico del capital.
Sin embargo, la historia del proletariado jamás ha sido la historia de una identidad homogénea. Desde sus orígenes, la clase obrera estuvo atravesada por diferencias nacionales, culturales, religiosas, raciales, sexuales, generacionales y profesionales. También estuvo atravesada por ideologías reaccionarias, patriotismos, prejuicios, ilusiones democráticas, tendencias reformistas y múltiples formas de adaptación al orden existente. Nunca existió el proletariado puro que ciertas corrientes imaginan retrospectivamente.
La propia historia del movimiento obrero muestra que las clases explotadas no se constituyen automáticamente como sujetos revolucionarios. La experiencia de la explotación no produce por sí misma conciencia comunista. Entre la posición objetiva dentro de las relaciones capitalistas y la producción de prácticas revolucionarias existe un proceso histórico complejo, contradictorio y abierto. Reducir esta complejidad a la búsqueda de sujetos auténticos significa abandonar el terreno del análisis materialista para ingresar en el de las identidades políticas imaginarias.
Esta tendencia se vuelve particularmente visible en períodos prolongados de derrota histórica. Cuando las revoluciones fracasan, cuando las luchas se repliegan y cuando las organizaciones tradicionales entran en crisis, aparece la tentación de explicar estos fenómenos mediante defectos morales o sociológicos atribuidos a los propios proletarios. El problema ya no sería la estructura histórica de una época determinada sino la supuesta corrupción de los sujetos.
De esta manera surgen innumerables figuras imaginarias. El obrero auténtico. El excluido absoluto. El marginal incorruptible. El trabajador manual puro. El sujeto exterior al sistema. El precario radical. El habitante de las periferias. El campesino resistente. Cada derrota genera una nueva búsqueda de sujetos privilegiados capaces de restaurar la promesa revolucionaria perdida.
Pero estas figuras tienen una característica común: existen principalmente en el plano de la imaginación política. Funcionan como sustitutos simbólicos de una revolución que no llega. Cuanto más se aleja la posibilidad inmediata de una transformación revolucionaria, más intensa se vuelve la búsqueda de sujetos supuestamente destinados a realizarla.
En el fondo, esta operación expresa una dificultad para asumir la naturaleza contradictoria de la propia clase. El proletariado realmente existente no es heroico. No es coherente. No es revolucionario por definición. Está atravesado por todas las contradicciones de la sociedad capitalista porque es producido constantemente por ella. Pretender encontrar una exterioridad absoluta frente al capital equivale a buscar algo que el propio capitalismo no puede producir.
Existe además una dimensión psicológica y política que rara vez se reconoce. La repetición de derrotas históricas produce frustraciones, resentimientos y mecanismos de compensación ideológica. Allí donde no puede explicarse adecuadamente el fracaso de determinadas estrategias políticas, suele aparecer la necesidad de encontrar culpables. Algunos responsabilizan a las masas. Otros a los sindicatos. Otros a los inmigrantes. Otros a los estudiantes. Otros a los intelectuales. Otros a los trabajadores precarizados.
Lo que cambia son los nombres. Lo que permanece es la estructura del razonamiento. La revolución no habría fracasado por las condiciones históricas concretas de una época sino porque determinados sujetos no estuvieron a la altura de la misión que les correspondía.
Esta forma de pensar termina reproduciendo una lógica profundamente idealista. La historia deja de aparecer como resultado de relaciones sociales contradictorias y pasa a depender de las virtudes o defectos de sujetos previamente definidos. La crítica de la economía política es sustituida por una sociología moral de los comportamientos colectivos.
La consecuencia más grave de este desplazamiento consiste en la pérdida de vista de la dimensión subjetiva de la constitución de clase. El proletariado deja de ser comprendido como un proceso histórico para convertirse en una identidad fija. La clase ya no se produce a través de luchas, conflictos, experiencias y enfrentamientos sociales. Aparece como una categoría ya terminada, identificable mediante determinados atributos culturales, laborales o biográficos.
Sin embargo, desde una perspectiva materialista, la clase no existe antes de la lucha. La clase se constituye precisamente en el movimiento contradictorio mediante el cual individuos aislados, sometidos a condiciones similares de explotación y reproducción, desarrollan prácticas colectivas capaces de cuestionar parcialmente el orden existente.
La subjetividad revolucionaria tampoco existe previamente. No espera escondida en algún sector privilegiado de la sociedad. Se produce históricamente a través de experiencias concretas de conflicto, organización, solidaridad, ruptura y enfrentamiento con las condiciones impuestas por el capital.
Por ello resulta insuficiente definir la clase únicamente por criterios sociológicos. No basta con identificar ocupaciones, niveles de ingreso o posiciones laborales. La clase es también una actividad. Un proceso. Una relación en movimiento. Un fenómeno simultáneamente objetivo y subjetivo.
La historia del movimiento comunista está llena de ejemplos que ilustran esta realidad. Los mismos sectores sociales que en determinados momentos aparecen completamente integrados al orden existente pueden convertirse posteriormente en protagonistas de luchas radicales. Del mismo modo, grupos considerados tradicionalmente revolucionarios pueden desempeñar funciones profundamente conservadoras en otros contextos históricos.
No existen garantías sociológicas para la revolución.
Precisamente por ello resulta tan problemática la obsesión contemporánea por encontrar sujetos auténticos. Esta búsqueda termina ocultando el problema central: comprender cómo las contradicciones objetivas del capital producen determinadas formas de subjetividad y cómo esas subjetividades pueden transformarse mediante la lucha misma.
La revolución no será realizada por una identidad pura descubierta al final de una investigación sociológica. Tampoco por una categoría moral superior al resto de la sociedad. Será el resultado de procesos históricos mediante los cuales individuos reales, atravesados por todas las contradicciones del capitalismo, entren en conflicto con las condiciones de existencia que los producen.
La cuestión fundamental no consiste en encontrar al proletario auténtico. Consiste en comprender cómo se constituye históricamente la capacidad colectiva de abolir las relaciones sociales que hacen existir al proletariado como clase.
Mientras se siga buscando una esencia obrera perdida, se continuará perdiendo de vista aquello que realmente importa: la actividad práctica mediante la cual los propios proletarios producen, transforman y superan las condiciones de su existencia.
La revolución no surge de una identidad.
Surge de una relación social que entra en crisis.
Y precisamente por eso no necesita proletarios auténticos.
Necesita proletarios reales.
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